25 noviembre, 2009

La idiotez de Jonás


Parte de un artículo del profesor Arturo Bravo sobre Jonás, el personaje bíblico:


"Se puede considerar una parábola en la que se narran las desgracias y rabietas de un profeta a quien Dios le ha encargado ir a Nínive a proclamar un mensaje contra la ciudad por su maldad (ver Jon 1,2). Jonás se levantó con rapidez… pero no para cumplir su misión sino para huir lejos del Señor: fue a un puerto y compró un pasaje en un barco que iba para el lado contrario al que había sido mandado."

"La reacción de los crueles ninivitas fue, por decir lo menos, sorprendente: creyeron lo que Dios decía, decretaron un ayuno seco que incluía hasta a los animales, se vistieron de penitencia y se convirtieron de sus malas acciones. Dios, por su parte, al ver esta reacción, retiró el castigo anunciado. Jonás bien podría ocupar un lugar destacado en el libro de records Guiness como el profeta más exitoso de toda la Biblia: convirtió a una ciudad de habitantes brutales con una sola frase. Pero Jonás, lejos de alegrarse con tal éxito, se enfurece a tal punto que le ruega a Dios que le quite la vida, explicándole tanto la causa de su huida como la de su furia: “Porque sé que eres un Dios clemente, compasivo, paciente y misericordioso, que te arrepientes del mal que prometes hacer” (4,2). La causa de la ira de Jonás es la misericordia de Dios, porque lo que el profeta esperaba era que cumpliera su palabra de destruir la ciudad, incluso se instaló fuera de ella para ver tal destrucción. El libro termina con una pregunta en la que Dios defiende su misericordia y confronta a Jonás con su mezquindad, con su idiotez."

"La figura de Jonás se presenta como la de un profeta idiota de idiotas, es decir, como el portavoz de los que se fijan sólo en sí mismos, en su propia identidad, concebida como algo estático y autorreferido. Jonás es una crítica aguda y feroz a una forma equivocada de creer: la que busca “nacionalizar” a Dios, hacerlo propiedad de nuestra nación, grupo o movimiento. Pero el libro de Jonás nos muestra que Dios no es el que nos fabricamos, sino el Absoluto, el Trascendente, el que no podemos hacer a nuestra medida, según nuestros intereses. Es el Dios nuestro y también el de nuestros enemigos o de aquellos a quienes despreciamos… aunque nos duela."

“Idiota” viene del griego ídios que significa “lo propio”, idiota, por tanto, es todo el que ve y se preocupa sólo por lo propio, no es capaz de ver más allá, a los otros.

Mi comentario:
No sé porqué este Jonás me hace recordar el fenómeno televisivo de “Pelotón”.
Un grupo de “re-clusos-mentales” que juegan a ser auténticos, sensibles, fuertes héroes y forjadores de su destino con aspiraciones intrascendentes.
Creo que a estas alturas, no les molesta hacer el papel de idiotas, ni como protagonistas, ni a otros, como espectadores.
Como protagonistas, los soldaditos de la farándula creen ir en dirección opuesta a lo absurdo y sin sentido, pero el dios TV los lleva donde él quiere… al soberano ridículo para matar el aburrimiento.
Cuando parece que da el gusto a los espectadores, que se creen que realmente participan en el curso y destino de los “pelotitos”, resulta que se teje una trama maquiavélica para tener a los televidentes dentro de este gran pez de la obsesión expectante, sufriendo penitencia por culpa de las intrigas y jueguitos emocionales de los re-clusos.
En definitiva, el tejido de yoísmo que se teje dentro de la base y el que se teje fuera de ella, los convierte en perfectos idiotas que sólo se miran a si mismos, haciendo cualquier cosa, menos lo que Dios grita en su conciencia dormida.
Si la filosofía de vida cotidiana apunta a hacer lo que se nos antoja y esperar sentados los resultados estimados, creo que no estamos dando cabida a Dios.
En esta vida dentro del gran pez, re- clusos de mente y corazón, malhumorados por las vicisitudes de la vida, difícilmente podemos hacer caso a Dios.
¿Qué ocurrirá cuando caigamos en la cuenta de nuestra idiotez frente a Dios?, ¿Cuando, en su legítimo derecho, nos envíe de vuelta y contemplemos malhumorados su voluntad y no la nuestra?
Si no hacemos el ejercicio de vida sobria en lo personal y dadivosa en la entrega a los demás, creo que terminaremos dentro del gran pez, espero que purgando todas nuestras idioteces, gracias a la misericordia divina.

(pinchar en el título de esta entrada para ver el artículo completo del profesor Arturo Bravo)

El desierto de Cuaresma

Jesús es el Maestro que nos enseña a tener los ojos puestos en Dios. Cuando los tengo puestos en mi, Dios pasa a ser un elemento secundario o peor, un accesorio ridículo que ostento como metal que resuena.
Paradoja es, que mientras más miro a Jesús, más me veo a mi misma, pero como verdaderamente soy: hija de Dios.
Mientras más salgo de mí, más cerca estoy de aquel que está fuera de mi: Cristo, mi Maestro.
Yo diría, hasta ahora, que lo esencial para el desierto es mi mirada puesta en el Maestro, porque El es el que me lleva al Padre, hacia esa Tierra Prometida en donde ya está edificada mi casa, mi lugar junto a Dios.
Todo lo que poseo puede transformarse en mi perdición si no los veo con los ojos de Cristo, ellos debieran ser mi mayor tesoro.
Mis ojos, entonces deben ser los ojos de Cristo. Mirarlo a El para transformarlos a lo suyos. No hay nadie que pueda vencer a la tentación de vanagloria, sino Cristo. Cuando salgo a su encuentro, llego a El despojada de todos mis apegos. No hay otra forma de mirarle, ni menos de seguirle. No puedo dar un paso sin su mirada en mi y mi mirada en El.
Pero aún más, no hay forma de que pueda yo recuperar la salud: mi vista para una mirada sobrenatural, mi andar en el sendero de la Vida, mi pureza en el corazón dispuesto a su Voluntad, si no tengo la fe que el Maestro me reclama para obrar los milagros.
Entonces, mi único bien, que nadie me puede quitar, que no pesa, no estorba, no me paraliza en medio del desierto y mi único tesoro, resulta ser la Fe.
Mi fe es el maná que me reconforta en el difícil trayecto por este desierto que nos aflige, nos consume día a día, nos desafía y nos deja perplejos viendo espejismos.
Si, en el desierto hay muchos demonios, pero sobretodo, está Dios que nos acompaña, nos recoge, nos lleva en brazos mientras mantengamos viva la fe. Esa fe se alimenta y se vivifica en el Amor, porque la fe sin el Amor, sin las obras, no es nada, sólo llega a ser un accesorio que ostentamos como metal que resuena.



Este es mi comentario a un interesante artículo del profesor Arturo Bravo

San Pablo, un apasionado

Pienso que su juventud y pasión lo llevó a cambiar su suerte, de perseguidor a perseguido, ya que no sólo decide seguir a Jesús, sino que acepta las consecuencias de ese seguimiento. Pero para él sería en dos bandos en sus comienzos, pues no sólo lo perseguirían sus nuevos enemigos, sino los cristianos que le vieran acercarse a la comunidad, que querrían descabezarlo por todos los cristianos muertos bajo su espada.
Conversión significa, cambio total de dirección. Ir en dirección totalmente opuesta a la anterior.
Jesús mismo nos lo dice. A Dios se le da la cara o la espalda. “El que no está conmigo, está contra mi, el que no recoge conmigo, desparrama”. Es la radicalidad del seguimiento. ¿se puede dar este paso sin pasión?
La imagen de la caída del caballo, dice más de nuestro encuentro con el Señor de lo que imaginamos.
Pablo tuvo un momento de luz que entró en su corazón y su conciencia que le permitió ver la persona de Jesús.
Pablo cae en la cuenta de quién es aquel a quien persigue, no le queda otra cosa que dejar caer las estructuras que forjaron su vida anterior y construirla ahora con los verdaderos cimientos. Lo que le parecía ser el sentido de su vida, es ahora el sin sentido. La piedra que desecharan los maestros de la Toráh que él tanto amaba, era ahora la piedra angular.
Lo que Saúl creía, lo desdecía Pablo. Lo que Saúl anhelaba, lo aborrecía Pablo en su celo por su Señor.
Definitivamente este era un camino sin retorno, que no se puede recorrer en la tibieza, sino en un fuego devorador.


Pablo fue cautivado por ese amor de Dios en Cristo, tan intensamente, tan profundamente, que llega a decir: "me glorío en mi debilidad, porque cuando soy débil, entonces, soy fuerte."
Así de profunda se hace la unión entre Dios y el hombre. Llega a la entrega de si a tal punto, que se alegra de ser nada para que Dios entre en él, por que para Pablo, su vida sin Dios no tiene sentido, es estimada en nada.
Nunca nos niega la gracia, que es lo único que nos basta, porque la fuerza es de Él.
Sin el Amor, no podemos nada.


Este es mi comentario a un interesante artículo del profesor Arturo Bravo

El Reino de Dios, se acoge

Me conmueve la delicadeza de Dios, al querer que el hombre sea tierra donde plantar la semilla de su Reino.
Si acepto ser tierra para que germine, inevitablemente crecerá y se extenderá, sin que yo sepa cómo y cuándo sucede esto… es un milagro, porque no somos capaces de ver con claridad el proceso, sino que vemos el contraste entre lo que fue y en lo que termina.
Participar del Reino con mi voluntad de ser tierra que acoge la semilla es la experiencia constante de conversión a la que San Juan Bautista, Jesús y luego los apóstoles y evangelistas invitan al hombre en la historia hasta nuestros días con la acción del Espíritu Santo.
En el momento en que acepto ser tierra, el Reino ya es una realidad, aunque aún sea promesa, un concepto único y novedoso que incluso hoy resulta desconcertante para este nuevo hombre dotado de conocimiento y ciencia.
Dónde radica la aceptación de esta realidad tan fuera de serie y desconcertante: en la fe y la humildad de quien se sabe amado por su creador que lo busca incansablemente y lo trae de vuelta a casa.


Después de María Santísima, el primero en acoger el Reino de Dios en Jesús, fue San José, que queriendo serle fiel a Dios, estaba dispuesto a abandonar a María en secreto.
Dios le confía una misión de salvación al Justo y le ayuda en las vicisitudes, porque ve que lucha por serle fiel en todo momento, Dios le guía en su conciencia.
Para anunciar el Reino de Dios, hay que acogerlo completamente y se acoge adhiriéndose a su mensaje generosamente.
La voluntad de Dios se manifiesta en el que es fiel. La Salvación se le confía como misión Divina, no humana.
La obra es de Dios, nosotros somos mediadores en Jesús y nuestra fidelidad se realiza en el seguimiento.

La Trinidad y la unidad en la diversidad

El misterio de la Santísima Trinidad nos habla de tres personas distintas en un mismo Dios, nos habla de la naturaleza de sociabilidad del Dios, un Dios que no está sólo y quiere compartir su Amor, esa es justamente la semejanza del hombre con su creador.
Eso nos lleva a contemplar una realidad que no todos entienden: la diversidad v/s la uniformidad.
Hoy se “mal” entiende la unidad y diversidad.
Hemos tergiversado su real significado, reducido su infinita dimensión y desvirtuado su valor.
Quizás esa sea una de las razones por la que nos cuesta tanto comprender la dinámica trinitaria (sin considerar que es un dogma de fe y que en nombre de lo mismo, poco nos empeñamos en profundizar).
El individualismo reinante es la resultante, no sólo de una ausencia de Dios, sino de una total indiferencia por conocerlo como realmente es.
Definitivamente hay varias maneras de creer en Dios. Sería bueno preguntarse… de qué manera creo en Dios. Lo más probable, es que sea un producto del mundo que yo me he creado para conveniencia personal.
En nombre de ese individualismo, no cabe otra cosa más que la uniformidad, por intolerancia a la diversidad que me estorba y demora mi llegada a la meta final, porque me obliga detenerme en el camino y asistir al necesitado. Mejor doy un rodeo y sigo bajando al abismo de mi egoísmo, donde tengo puestas todas mis esperanzas, donde no hay luz que me haga ver que la clave para mi felicidad, está en el Amor trinitario.


Este es mi comentario a un interesante artículo del profesor Arturo Bravo (pinchar en el título de esta entrada)

La Cruz, escándalo para los propios cristianos

El amor sin medida parece ser un escándalo para la comprensión humana, Pedro es el primero en preguntar sobre los límites del amor, pero Jesús le advierte que esos límites no son de Dios.
Amar hasta que duela, parece ser un escándalo en la manifestación del amor humano, siempre el amor propio nos repliega hasta nuestros propios muros, esa fortaleza de yoísmo que hemos erigido en torno nuestro.
La Cruz es el despojo total de si mismo y el sentido más alto del dolor humano. No puede tener esta disposición otra consecuencia, sino el triunfo definitivo.
La pregunta es: ¿tenemos real conciencia del premio inmerecido que se nos promete al amar “escandalosamente”?
¿Tenemos los ojos puestos, realmente en la vida eterna? A mi me parece que no. Es más, no nos parece evidente el triunfo final ante tamaño sacrificio. Estamos en la cultura de la Ley del menor esfuerzo.


Me parece más bien que hemos cerrado las facultades que nos permitían ver, pretender y gozar de esa promesa que se puede vivir ya como una realidad, desde la fe….. y desde la Cruz.
La escasa relación y diálogo con Dios ha atrofiado nuestra mirada sobrenatural y la ha limitado a un espejo que sólo refleja nuestra propia imagen “enchulada” a nuestro propio antojo. Dios se debe parecer a nosotros, pensar como nosotros, amar como nosotros y tener una “sana” cuota de mezquindad, para salvar su honor, claro está.
Que no nos haga ver como idiotas, ni nos apunte con el dedo, ni nos haga caer en la cuenta del sentido del ridículo, de nuestro propio endiosamiento.
Que siempre nos justifique y nos proporcione la visa para irnos derechito al… cielo? o lo que sea que hay después de esta vida. Y eso, si estamos pensando que vamos a un cielo.
He visto muchas almas vacías y resignadas a pensar que no van a ninguna parte, no se si es falta de fe o de soberana flojera…. las empresas materiales a las que están entregados parece tener más sentido y dar frutos más inmediatos en este mundo tan acelerado, antes que nos coma el tiempo.
Qué ridículo será ese tiempo cuando nos toque enfrentar el paso hacia la eternidad!!!!!!!.
Esa falta de visión si que es motivo de escándalo!!!!




Este fue mi comentario a un interesante artículo del profesor Arturo Bravo

23 noviembre, 2007

Santa intimidad



¿Qué queda después de los afanes del día, en una pausa en el camino, en un momento de silencio, en un rato de oración?

Sólo Dios permanece, sólo El sigue estando allí, más al descubierto, sin ruidos internos impidiendo notar su presencia.

Cuando se produce el reencuentro, cuando lo reconozco como mi esencia y mi todo, me siento abrazada y todas las preocupaciones de este mundo se disipan.

Dios es lo más mío que puedo experimentar. Nada ni nadie me puede llegar hacer sentir una intimidad más grande, más genuina que la presencia de Dios.

Es el gozo más grande, un pedacito de cielo en medio del mundo enajenante, una anticipación amorosa del Amado para con su sierva inútil.

16 noviembre, 2007

Santo propósito



Mi santo propósito es, salir de mí misma y contemplar a otro: Cristo.
Pero debe ser una contemplación en la acción, en el sacrificio concreto, en el servicio eficaz.

Cuando me quedo en mis deseos o pensamientos, hago lo que no quiero, lo que ofende a Dios y mi único remedio es la oración, la confesión y la Santa Comunión. Sin ese alimento no sé llegar de vuelta al olvido de mí para imitar a Cristo.

Contemplar a Cristo debe realizarse en la imitación de Cristo y andar como El anduvo, sufrir como El sufrió, mirar con sus ojos, hablar con sus palabras, servir con sus manos y amar con su corazón.

Cuando yo no soy, Cristo es todo en mí.

12 abril, 2007

Vamos de camino





Comenzando un nuevo año de preparación para los sacramentos en las distintas parroquias de nuestro país y siendo esto en plena Pascua de Nuestro Señor Jesucristo, en la alegría de su Resurrección, me permito hacer esta invitación a catequistas y confirmandos de todas las comunidades:


Vamos por el camino de la vida, la de todos los días, la del trabajo, la familia, los amigos, la de la calle hacia nuestras obligaciones, la de la rutina, la del refugio, la del hambre espiritual, de los ritos y sacramentos, la de las aspiraciones, sueños e ideales.

La vida de todos los días que lleva desde hoy la impronta del Amor Divino con rostro de Hombre, la vida de Cristo en nuestras vidas para llevarnos al Padre que es la meta final, donde se verán cumplidos nuestros sueños, donde la promesa de la felicidad plena y definitiva es una realidad.
La vida de todos los días, esa que se construye paso a paso, codo a codo con nuestros hermanos y con Cristo.
La vida valiosísima a los ojos de Dios, nuestro creador.
La vida por la que queremos responder con Amor a nuestro Hacedor Eterno.

Vamos de camino, con lo que tenemos y lo que somos, porque así nos ama Dios incondicionalmente, vamos de camino aprendiendo con Cristo a corresponder a tanto Amor en nuestra vida, la de todos los días.

Feliz Pascua de Resurrección

28 febrero, 2007

Los invitados a la cena


Jesús, a muchos has invitado, pero pocos son los que acuden.

Yo me entusiasmo en un principio, pero decaigo luego y te esquivo con excusas. He consentido en faltas que no me llevan al Reino al que he sido invitada e invento mil excusas para validar mi actitud.

Soy como los de tu parábola. Tú criticas a todos este abandono con la parábola del hombre que hizo una cena e invita a muchos, pero la mayoría se excusa para no asistir.

El hombre manda entonces a su criado a buscar a todos los que encuentre en las calles, enfermos, pecadores, etc.

Si. Nosotros que somos bautizados, confirmados en la fe y vamos a misa, quedamos fuera del banquete, y otros acudirán y se saciarán, aquellos que nosotros consideramos no aptos, muchas veces están más dispuestos.

Los judíos te rechazaron siempre, te persiguieron y te mataron, ellos no entrarán al Reino según tu parábola. ¿Dónde estoy yo?

Quiero ser de tu pequeña grey, que instruyes cuidadosamente, para que no decaigan como los otros.

Y he aquí que ofreces otra parábola para confirmar lo mismo, una dura crítica a los doctores de la Ley:
“Un hombre baja de Jerusalén a Jericó…” Ya de entrada las cosas están mal para el legista.

Descender es una idea de ir bajando al pecado, a las tinieblas, Jericó, ese punto bajo es donde está la ciudad levítica y sacerdotal.

El hombre, en lo más bajo del pecado no está libre de la desgracia y ocurre que le asaltan y le hieren.

Ni el sacerdote, ni el levita que bajaban a cumplir sus funciones a la ciudad lo socorrieron, pero cuando viene bajando el samaritano, tan pecador como el hombre herido, el sacerdote y el levita, se apiada de él y cumple con todos los actos de caridad que todo levita conoce, pero que jamás han practicado:
Lo recoge, lo cura, lo unge, lo lava, lo venda y paga por sus cuidados.
Es clara la lección, Señor.
La práctica de la ley de amor obliga a todos por igual. Y enfatizas al final: -“has tú lo mismo”.

La idea o conocimiento teórico de la caridad no tiene valor ninguno si no se la transforma en vida.

Tantos católicos, catequistas como yo, conocemos las obras de misericordia para con el prójimo, pero nunca hemos practicado, damos un rodeo y seguimos camino abajo en el pecado.
La dirección hacia el Reino va en sentido contrario, ascendiendo a la vida santa de los que cumplen la ley del amor.

La escuela de Cristo


Todos hablan de ti al pasar, mientras estoy en casa realizando algún oficio donde tú eres la fuente y el fin de mi tarea, donde trato de hacer de cada actividad una oración.

Escucho entonces un bullicio fuera y entiendo que hablan de ti, mas yo lo sé en mi interior, que estás cerca y es que mi corazón te ha anhelado tanto, que está atento a tu paso, tu voz, tu Palabra.

Levanto la vista y mi alma entera se estremece porque te reconoce y se reconoce en ti aún a la distancia.

Dejo caer mis herramientas y salgo a tu encuentro limpiándome las manos con un paño.
Veo gente, niños que van y vienen expectantes, mujeres que han salido de sus casas aún con las manos mojadas en su delantal.

Todos te esperábamos. Señor, no es solo curiosidad, no es ambición o interés personal, me mueve algo más. Reconozco que me da miedo seguirte, pero al menos, deseo verte para que me des ese valor.

Al fin veo tu figura, estás sonriendo y tocas a quienes se te acercan. Todos tenemos hambre y sed de ti.

Estás a solo unos metros de mí y cuando te tengo en frente, se cruza tu mirada con la mía. Sólo eso me basta para limpiarme, para cambiar mi vida y sanarme.

Soy como muchos, que no tienen el firme propósito de cumplir las condiciones para seguirte, pero al menos, deseo que esa mirada posada en mis ojos por un instante, me den esa fuerza.

Me he sentido interpretada por aquel que te ha hablado unos minutos después de mirarnos. Te ha dicho: -“Te seguiré dondequiera que vayas”.

Oh! Señor, cuántas veces he querido decirte esto a gritos, con valentía, pero mi corazón sabe que aún no me creo capaz de esa respuesta, por eso calla y se consuela contemplándote, viéndote pasar por la otra vereda.

Le has respondido a ese hombre, un escriba, creo: -“Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza”. Y parece que me lo dijeras a mí.

Con tristeza me doy cuenta que también yo tengo puesta mi confianza y mis fuerzas en lo que tengo, en lo que quiero y pretendo seguirte desde ellas.
Luego le has dicho a otro: -“Sígueme”.

Oh! Señor. Si yo fuera quien te escucha decirme así, sentiría alegría y miedo a la vez.

El te ha contestado: -“Deja que entierre a mi padre primero”.
He sentido tanta vergüenza , porque creo que yo habría dicho lo mismo.

Entiendo, Señor, lo que quieres decir con: -“los muertos entierren a sus muertos, ve a anunciar el Reino de Dios”.

Debo entregarme a la misión sin lazos sociales, ni preocupaciones que me aparten de ella.

Pero tengo una esperanza, Señor. Puede que yo también, como él, me entregue luego con docilidad.

Llegó otro a hablarte, tan vacilante como yo: -“Yo te seguiré, pero antes deja disponer de las cosas de mi casa”.

Tu respuesta me ha dolido en lo más hondo porque me has descubierto y te he ofendido:
-“Ninguno que echa mano al arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios”.

Así hemos quedado muchos en el camino, viéndote pasar sin llevarnos contigo.

Tú nos explicas porqué debe ser así: -“¿Quién de entre vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, no sea que habiendo puesto el fundamento y no pudiendo darle fin, todos los que le vean comiencen a burlarse de él, diciendo: -este hombre empezó a edificar y no tuvo fuerzas para rematar?”.

Por eso te llevas unos pocos y te esfuerzas por moldearlos en sus corazones bien anclados en la fe. La construcción que meditabas iba a ser demasiado alta para que pudieras asentarla sobre cimientos movedizos.

Quieres obrar como un buen arquitecto y quieres que tus discípulos obren igual.

Para seguirte deberé pesar bien mis fuerzas, hacer mis cálculos y disponerme a aceptar las condiciones que exiges como indispensables.

Por eso estoy aquí, Señor, para poner mi voluntad en las cosas tuyas. Me quedo fuera de mí, y te contemplo. Salgo de mí para más amarte a ti.

08 enero, 2007

Algo del Evangelio





Martes, 9 de Enero de 2007

1º tiempo ordinario
Mc. 1, 21-28

“Entraron en Cafarnaún, y cuando llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar.
Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.
Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar:
"¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios".
Pero Jesús lo increpó, diciendo: "Cállate y sal de este hombre".
El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió de ese hombre.
Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: "¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!".
Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.”

“Entraron en Cafarnaún, y cuando llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar”. Es la primera jornada en Cafarnaún, el primer día de la misión de Jesús.
Le antecede a este episodio, el bautismo en el Jordán que cierra el bautismo con agua, de Juan, para comenzar el bautismo con Espíritu Santo de Jesús, y se manifiesta en la purificación de las lecturas de toda esta semana.
Cuando Juan bautizaba, invitaba a la conversión, es decir, a dejar la vida de pecado y purificarse con el agua a una vida nueva, para recibir a Aquel que los liberaría definitivamente de la esclavitud del pecado.
Jesús va realizando este nuevo bautismo eficaz en la que purifica el alma.

… “les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas”. Para explicar la “autoridad” de Jesús para enseñar, Marcos se vale del relato del espíritu impuro.

…"¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios". El mal, a la luz de Cristo, sólo puede salir revelando su identidad y reconociendo la identidad de Cristo.
Lo experimentamos cuando tenemos un encuentro con Jesús que ilumina nuestros rincones más oscuros. Cuando tomamos conciencia de nuestros pecados a la luz de Cristo, nos dolemos y queremos arrancar ese mal, es Cristo quien nos limpia en el sacramento de la Confesión.

Lo extraño es, que en este relato el espíritu impuro está en la Sinagoga, donde no podían entrar los impuros, y se dirige en plural, como portavoz de todos los que están ahí.
Jesús ha de purificar primero a los Judíos, que siguen las enseñanzas, la Ley mosaica para luego salir a buscar a los paganos. Hay varias imágenes con esta idea en el evangelio.
La Ley religiosa estaba viciada y sólo traía división y odiosidades, abusos y discriminación. Jesús viene a acabar con los demonios que habitan en las falsas enseñanzas.

… "Cállate y sal de este hombre". Ahora bien, lo que se refiere a la “autoridad” de sus enseñanzas, debemos remontarla a la expresión del A.T. para hablar de la autoridad de Dios. Dios, lo que dice, se realiza: “Hágase la luz, y la luz fue”.
Esa es la autoridad de Jesús, la de Dios que realiza con su palabra. Jesús no teoriza, acerca del mal, sino que lo arranca definitivamente.
Cada vez que nos confesamos es Cristo quien dice: “Cállate y sal de este hombre”

Esta eficacia de su palabra se repite en las lecturas de esta semana, Jesús se dirige a la suegra de Simón y la fiebre pasa, dice al leproso, "quiero: queda limpio", y se le quita la lepra, al paralítico dice: "tus pecados quedan perdonados" y se levanta, toma su camilla y va a su casa.

¿Cuando hablamos de Dios o de Jesús, lo hacemos repitiendo las escrituras sin vivirlas, o desde el testimonio vivo, que nos impulsa a seguir a Cristo y ser consecuentes con la vida que El nos regala?, ¿damos ejemplo?

Como se puede ver, de entrada, ya Jesús provoca un remezón, viene a purificar sin trámites lo que está sucio, es la experiencia de conversión que vivimos en el encuentro con Jesús, y cada vez que sea necesario viene a renovar nuestro bautismo con la purificación, como primer requisito para caminar con El.

20 diciembre, 2006

Figura de Cristo



“La figura de Jesús es para los hombres, un modelo que en su búsqueda de la felicidad participa de la obra de Amor de Dios y esa experiencia le hace comprender que, simultáneamente Dios participa activamente como fuente y fin de esa realización personal”

La figura de Jesús cumple con todas las expectativas e ideales humanos con proyección divina, es decir, del buscador de lo infinito, de la prolongación de su vida a la eternidad. Esta proyección es alcanzable por la Gracia.

Así, Dios no nos es ajeno, sino que es fuente y fin de los anhelos humanos.
La búsqueda de la felicidad es realizable para el hombre por medio de la esencia de Dios: el Amor.
Los “signos” (milagros, curaciones y resurrecciones) de Jesús se manifiestan en las múltiples necesidades de amor del hombre en todo su padecer.

Jesús es entonces, el Servidor que participa del Amor de Dios a través de sus “signos” en beneficio de los hombres.
La Obra de Amor de Dios pasa a ser la obra Redentora de su Hijo para la Salvación del hombre, esta Salvación se debe entender justamente como el cumplimiento pleno de la aspiración del hombre que es a su vez el Plan de Dios desde siempre: la felicidad.

Esta es entonces la dinámica y economía de la realización personal:
Ser un Cristo que entra en comunión con Dios por el Amor a través del servicio a sus hermanos, es decir, toda la humanidad.

Cuando Jesús enseña, muestra que hay un solo camino a la felicidad, pero dos consecuencias según la opción del hombre de acogerlo o rechazarlo.

Así, enfrentando en el Evangelio la ley del Amor con la antigua Ley Mosaica, nos muestra el requisito inequívoco para seguir dicho camino: cumplirlo desde el corazón.
El código de la Antigua Alianza, grabada en piedra fría, inerte, dura y hostil, representa en el Evangelio la ley que hacían cumplir los Fariseos como costumbre ajena y siempre dolorosa para el hombre, en cambio la Ley de Amor se escribe en el corazón de carne que obedece a su naturaleza bondadosa y de amor.

El código moral designa una conducta que va más allá de una simple costumbre o el cumplir por cumplir, es la conducta que forma parte de nuestro carácter, es una forma de ser, no de hacer.
No hago algo bueno, sino que soy bueno.
No hago algo generoso, sino que soy generoso.
Esto garantiza un deseo incansable del hombre de hacer el bien y no solo ocasionalmente, porque forma parte de su ser.

Ahora bien, el hombre por naturaleza experimenta el desfallecimiento tanto físico (la muerte) como moral (el pecado), por lo tanto, este deseo permanente del bien viene de la Gracia del Único inmutable que jamás desfallece: Dios.

El Amor entonces, es la Gracia que el hombre recibe de Dios para desear y realizar, a pesar de sus caídas, todo bien inscrito en el código moral.
No puede realizarse plenamente sin este código porque el hombre es bueno en su esencia, tiene la misma esencia del que lo creó.

Jesús es el puente entre las aspiraciones del hombre y las de Dios, es el punto de encuentro entre la criatura y su hacedor que le comunica la Gracia incansablemente para realizar la dinámica del Amor.

Jesús es Modelo y ejemplo para todas las facetas de la vida humana, es Servidor que realiza la obra de Dios en comunión con los hombres, es todo lo que el hombre aspira ser y hacer, como hijo de Dios.

17 octubre, 2006

Éxodo de luz



Entre dos brazos, cierras la tierra
como un vientre palpitante
para sembrar el Edén
después mutilado,
para inundar el útero
bajo el arca de tus aliados,
para entrelazar
las lenguas de Babel en ruinas
y tesoros despojados,
para dar a luz un hijo
que destierras ungido
en manos de la fe.
Mil años es para ti un atardecer
que se reanima a la aurora,
para traer de vuelta
la descendencia de aquel
que partió de ti,
despojados de la tierra
que les vio nacer,
ahora tú eres el destierro,
ahora tú eres la desolación,
ahora tú eres el camino
a la nostalgia y la oscuridad.

La podredumbre de tu vientre
dibuja una mueca de asco
en los rostros sometidos,
de dolor en los reinos vencidos,
de soberbia en los explotadores
de tu amor.
Otra como tú, se baña de sangre
mil años antes y más.
Un solo brazo extendido
para alcanzar el sur del monte
de la redención,
nace en las faldas de aquel
que inaugura el éxodo
de los caminantes del desierto.

Sus rostros marcados
por la arena y el sol,
por el hambre
y la esclavitud derogada
en el profeta mayor,
logran iluminarse detrás
de cada desaliento
que marca el paso adolorido
de cuarenta años penitentes.
Nuevamente en la adopción
de los hijos
de otras madres sembradas
se inscribe la esperanza.
Como en aquel de Ur
que no puede contar
las estrellas de su descendencia,
en otro ungido, que lleva
el mimbre trenzado
en aguas mayores,
se traza el destino último
de los elegidos.

Salieron huyendo de la tierra
ya milenaria que les apagó
el hambre, bajando
el brazo del Jordán.
Tierra de esclavos y vencidos,
sobre los cuales se levantan
opulencias y cultos risibles
a criaturas inferiores.
Escorpiones, ranas y serpientes
vienen a tropel a sepultar
la fiesta de esos ojos
desmesurados de orgullo
y ostentación.

Toda su admiración
se vuelve en contra
en las aguas que se cierran,
tras el paso de los fugitivos,
para propinar
sobre sus soldados
de piedra y cal,
el derrumbe de su poder.
Vamos andando,
camina bajo la nube
de polvo y arena,
llena tus vasijas de agua y pan
que queda mucho por trazar.
No mires atrás, ni desandes
el proyecto marcado
sobre tu frente y tu corazón.

No sea que derritas el oro
para ocultar el miedo
en becerros inertes.
No sea que te quedes sepultado
de traiciones y penitencias
insostenibles, abandonado
por los que se resisten a caer.
Desoyes al profeta
que te toma de la mano
y te trae de vuelta a casa.
Anda con él y no desprecies
la alianza, que el ungido
espera consagrarte a una vida
libre y limpia,
sin nada que purgar,
sin deuda que pagar.


“No demores que te espero.
Soy el Jordán de los justos que
te reanimará en las batallas,
te purificará en el culto,
te bautizará para la santidad.
Llegar hasta mí será
el comienzo de un triunfo
que verán los redimidos
al final del viaje.
Dos siglos de conquista
se suman a tu llegada,
inaugurada la cadena
de batallas por librar
con la cordialidad
de mis aguas detenidas,
mientras pasas sobre mí
con el arca llena
de promesas inmutables.

Cada tribu tomará para sí
la tierra que logre pisar
sus talones encallecidos,
cada tribu marcará el comienzo
de su conquista con una piedra
de mi cause, donde pusiste
a descansar el arca
mientras mis aguas se abrían
en reverencial saludo y acogida.”
A Jericó suben los aliados,
trazan surco en Ay y entre montes,
Siquén les espera.
Recorren el brazo hasta el Hermón,
contando doce estrellas
que titilan mirando el cielo.

No te duermas Manases,
Isacar, Zabulon y Dan.
Despierten Aser, Gad,
Efraín y Benjamín.
Vamos Simeón, Juda,
Rubén y Neftalí.
¿Porqué caen y se desangran?,
¿porqué abandonan su lucha
y se dejan invadir
por dioses extraños?,
¿murió en vano el ungido
a las puertas de la promesa
por nacer?, ¿cantaron a la
brisa pasajera los prodigios
y portentos
que debíais conocer
a los pies del Sinaí?

Nacen los gigantes iluminados
para salvarte de la muerte
y el despojo,
nacen mujeres desbordantes
para devolverte tu dignidad,
nacen reyes que te gobiernan
y te protegen,
pero sigues cayendo,
sigues desintegrándote
en el odio y el rencor,
sigues partiendo la tierra
de mezquindades y avaricias,
y te llevan maniatado
al nuevo éxodo,
ya no de promesas,
sino de oscuridad,
al destierro que sólo te dejan
los cantos nostálgicos
que escribes en el viento.

Hacia tu casa se van,
pero parece no oírse
nada allá,
tendrás que aprender
a esperar y alimentar tu fe
a pan y agua.
Ya no sale la vida
de las piedras esparcidas,
ya no cae el maná
para reconfortarte,
ya no hay zarza ardiendo
de esperanzas.
Todo se vuelve silencio,
ya no salen fiadores por ti,
ya no escuchas respuestas
a tus ruegos,
hasta secar tu corazón
de lágrimas,
hasta que ya no hay
fuerzas para llorar.

Como un milagro,
como un sueño que viene
a rescatarte de la realidad,
vuelves a casa.
Pero no logras ver,
en tu eufórica alegría,
que vigilan tus pasos,
que no volverás a ser dueño
de tus días nunca más.
El destierro lo llevas dentro,
como una cicatriz profunda
que te congela los ánimos,
cansado de ir tras una promesa
y una justicia que tu cabeza
no es capaz de abordar.

Te dejas seducir por la derrota
y el conformismo,
para hacerte esclavo otra vez,
hasta tu destrucción definitiva.
Levantaste las murallas
desmoronadas en el fracaso,
pero el invasor aguarda agazapado
hasta que te duermas, hasta que,
cansado de orar y esperar,
cierres los ojos,
el alma y el corazón.
Que aún queda sangre
por derramar, te dicen....
que habrá uno
que la derramará por ti....
que dará su sangre
por la libertad de cada uno...
que aún te queda
mucho por esperar.

No sabes ya si serás capaz
de llegar al final,
no sabes si quieres ver
la luz del nuevo día.
No estás seguro
de querer saber de traidores
por treinta monedas,
ni tres cruces en el monte,
solo respiras profundo
y ves cómo se te van
tus suspiros al atardecer,
sabiendo que tu historia
seguirá viva
hasta el fin de los tiempos.

De pronto comprendes
que tu casa es bella,
que te recibirán con banquetes
y canto de ángeles,
que cantarás con ellos
eternamente,
allá está finalmente
la tierra prometida,
que se inscribió la Nueva Alianza
en el templo de tu Dios.
Mientras sigues tu éxodo,
mana agua de las piedras
y cae pan del cielo
en las pequeñas alegrías
de cada día.
En la sonrisa de tus hijos,
en la partitura de Beethoven,
en la danza de las aves,
en los suspiros abrazados
al ciruelo de tu jardín,
en el despertar del amor joven,
en la alegría de vivir.
Algo moviliza tus entrañas
y no te deja morir
derrotado en el camino.
El horizonte se refleja insolente
en tus pupilas,
no puedes desprenderte de él,
respiras estos aires modernos
con una historia inconclusa,
pero aún así, llenas tus labios
de salmos que vuelan
de regreso a casa.

12 octubre, 2006

Un corazón contrito


Antes de denunciar cualquier injusticia ante Dios, he de caminar rectamente yo. No puedo exigir rectitud a los demás si yo misma no he dado testimonio de una vida recta, junto al Señor.
¿Cómo limpiar mi casa, mi interioridad desde fuera?
Es dentro de mí donde aloja la maldad, y cuando la arrojo fuera, entonces tengo ojos de justicia para ver lo que es bueno o malo en otros.
Con esa misma disposición humilde frente a Dios, debo entender que no tengo nada digno que ofrecerle, es más, El no necesita nada de mí, pero quiere mi corazón contrito.
No son las obras exteriores, sino lo que hacemos de corazón, lo que El quiere para sí, porque ya es suyo desde siempre.
Cuando la vida nos despoja de lo que tenemos, de esas cosas a las que estamos aferrados y valoramos como lo más digno, nos damos cuenta de que somos nada. Los hijos deportados de Israel, cuando ya no tenían su templo, ni holocaustos, ni animales que ofrecer a Dios tan orgullosamente, se dan cuenta que Dios quiere su corazón.
Cuántos holocaustos y promesas ofrecemos a Dios desde los labios, mientras el corazón mismo calla.
Mientras el corazón no hable, no hay diálogo con Dios, allí pone El su oído.
Sólo Dios mismo puede ofrecer el sacrificio digno de El: Jesucristo. No pongamos, entonces, la mirada en nosotros mismo para llegar a Dios, sino en Jesús.
Sigamos a Cristo para llegar a compartir la promesa de vivir junto a Dios, donde ya nada escasea, donde ya nada necesitaremos, donde todo se nos dará de balde por toda la eternidad.